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Mayores LGBTI+ en México: existir, sobrevivir, persistir

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Envejecer en México trae incertidumbre, no importa la identidad de género u orientación sexual. Sin embargo, al escuchar a Mario, Diana, Juan Carlos, Antzin, Korina y Alfi queda claro que ser LGBTI+ trae consigo desafíos adicionales. Vivir la pandemia como grupo de riesgo y además como parte de una población históricamente invisibilizada y desatendida reforzó las desigualdades y las violencias estructurales.

La discriminación sistemática en espacios educativos y laborales hizo que la mayoría de estas personas no tengan garantizado el derecho a la seguridad social. Los aislamientos fueron más difíciles, la exposición al covid-19, mayor. El Estado no responde para garantizar vejeces dignas, presentes y futuras.

Ciudad de México

La Ciudad de México tiene el mayor índice de envejecimiento en el país. De acuerdo a cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en la capital habita casi 1.5 millones de personas adultas mayores, en su mayoría mujeres. Las instituciones gubernamentales de recopilación de datos no incluyen la orientación sexual e identidad de género. Estas omisiones han obstaculizado que históricamente se conozca a la población LGBTI+. De esta manera no se conocen sus vivencias y mucho menos sus necesidades. Sí existen datos generales sobre cómo viven las personas adultas mayores LGBTI+ en Centroamérica.

  • Pocas personas mayores LGBTI+ tienen descendencia y muchas han sido rechazadas por sus familias.
  • Sus ingresos son reducidos debido a la discriminación laboral a lo largo de su vida.
  • Hay mucho aislamiento motivado por el miedo al rechazo y los prejuicios por ser LGBTI+.
  • Hay desconocimiento e irrespeto de sus necesidades como población LGBTI+ y marginación en la toma de decisiones por la falta de políticas públicas.

Vida frente a los aislamientos

“Si tiembla o no tiembla yo digo -ay Diosito pues guárdame. Pero yo me siento un sobreviviente de cuanta cosa (…) creéme que los retos nuevos de la vida a mí, a mí ya no me hacen mella. (…) Yo creo que ya pasé todo lo feo de la vida, toda la ignorancia, todo el dolor, la tristeza y cuanta cosa ya para mí lo que sigue es como… como decir- ¡claro que puedo!”, dice Mario. Tiene 69 años. Hace trece años que su tranquilidad se materializó en un acta de nacimiento, una que sí refleja lo que siempre ha sido y le costó poner en palabras: “Soy un hombre trans”.

Mario creció en un barrio popular de Ciudad de México, en un entorno en el que se referían a hombres homosexuales y mujeres trans usando expresiones ofensivas. Mario no tuvo acceso a educación sexual que le permitiera poner en palabras su identidad, pero en su infancia los sueños le decían quién era: “Soñaba que al despertar mi cuerpo sería el de un hombre, de un niño”, recuerda. En medio de ese ambiente y sin información, Mario vivió callado y mantuvo en confinamiento su propia identidad de género durante más de cincuenta años. “No había grupos de lesbianas, no había grupos de chicos trans, no había nada. Entonces yo la verdad cada vez esto se me iba agudizando más, pero como quiera yo dije: si no te mueves pues entonces ahí quédate, aislado, vete a chillar a un rincón y muérete de tristeza. Y no, yo pasé a un lado tantito la tristeza y dije: a caminar pa’ delante, para adelante, para adelante”.

Pero eso cambió el día que debajo del reloj en estación Balderas del metro de la Ciudad de México se cruzó con Diana, una ingeniera de 59 años que también experimentó ese mismo tipo de aislamiento desde niñaDiana recuerda que ese tiempo de aislamiento, que duró hasta la universidad, “fue extremo y terrible”. También lo fue el año y medio de acoso, burlas y discriminación que enfrentó en uno de sus lugares de trabajo luego de contar su experiencia como mujer trans y permitirse, después de tanto, ser ella misma.

Diana y Mario.

Diana recuerda que ese tiempo de aislamiento, que duró hasta la universidad, “fue extremo y terrible”. También lo fue el año y medio de acoso, burlas y discriminación que enfrentó en uno de sus lugares de trabajo luego de contar su experiencia como mujer trans y permitirse, después de tanto, ser ella misma: “Ese fue un aislamiento, este es otro aislamiento también. Yo a veces digo que nuestras etapas de vida son como volados. Echas un volado de vida o muerte, de aislamiento y de algo que se te presenta (…) Siempre estás en el filo de la navaja”.

Mario y Diana resistieron esos confinamientos y después de conocerse en aquella estación de metro comenzaron a salir, se enamoraron y se casaron hace trece años. Desde entonces su visibilidad y activismo fue vital para que en la Ciudad de México se garantizara el reconocimiento jurídico de la identidad de las personas trans adultas. “Soy el abuelito de todos los chicos y chicas trans que sienten que se les va la vida a sus 18 años… ¡no! recuperar cincuenta y seis años, toda una vida… eso es un gran reto, no es nada fácil”, dice Mario en broma. Diana y Mario prolongaron su salida del clóset por la falta de información, de referentes. Y también lo hicieron para no vulnerar sus trabajos.

En México 4 de cada 10 personas mayores están en situación de pobreza. Sin mencionar que la discriminación hacia las personas trans contribuye a la precarización laboral y la pandemia agudizó aún más el problema. De acuerdo a datos de la encuesta Impacto Diferenciado, el 70 por ciento de las mujeres trans y el 60 por ciento de los hombres trans que respondieron tuvieron pérdidas de ingresos durante el primer año de pandemia. Tras ese doble panorama, el de ser personas adultas mayores y trans, Mario y Diana se sienten “afortunados”. “De alguna manera el ser transexuales pues no nos fue tan mal, porque a lo menos tenemos que comer y dónde vivir”, explica Mario.

Así, en el aislamiento obligatorio por la emergencia sanitaria, Mario y Diana se permitieron trabajar en un proyecto personal en las montañas de Hidalgo: la construcción de su cabaña. “Realmente lo que hacíamos en la cabaña era para nosotros (…) Eso nos mantuvo vivos, o sea, productivos, aunque no estuviéramos trabajando por algo, una erogación económica. Estábamos trabajando por salud mental. Estábamos trabajando para distraernos y mantenernos en una línea de tiempo (…) Para muchos fue un tiempo perdido, pero para nosotros sí nos mantuvo como en esta tierra, no? Sí nos mantuvo vivos”, cuenta Diana. .

Durante el confinamiento, volver o permanecer en el clóset no fue una estrategia ajena ni nueva para las personas LGBTI+; fue un recurso frente a las violencias. Según la Encuesta Nacional sobre Discriminación por motivos de Orientación Sexual e Identidad de Género (ENDOSIG, 2018) elaborado por el Conapred:

El 92 por ciento de las personas LGBT en México escondieron su orientación sexual o identidad de género a edades tempranas por la discriminación que enfrentan en distintos espacios. En 2020, el 47.26 por ciento de las personas que respondieron a la encuesta Impacto Diferenciado de la Covid-19 en la comunidad LGBT en México reportaron mayor violencia en el seno familiar. Sin embargo se desconoce el porcentaje de adultos mayores que pudieron vivir violencias en casa por motivos de su orientación sexual o identidad de género. Las personas adultas mayores son el sexto grupo social más discriminado en la Ciudad de México, sólo después de: personas con piel morena, indígenas, mujeres, “gays” y “pobres”, de acuerdo a la reciente Encuesta sobre Discriminación de la Ciudad de México. Según la Secretaría de Inclusión y Bienestar Social de la capital mexicana, la violencia ejercida contra adultes mayores incrementó en un 30 por ciento en 2020 al registrarse 863 casos de violencia: 32 por ciento por violencia psicoemocional; 31 por ciento por violencia patrimonial y económica; 31 por ciento por omisión de cuidados y maltrato; y 9 por ciento por violencia física.

Tras dos años de pandemia, el Estado mexicano no ha recabado más información. Los datos existentes sobre personas LGBTI+ son esfuerzos de organizaciones de la sociedad civil. Estos datos fueron recabados online, por lo que resultan insuficientes dadas las brechas frente al acceso a internet y uso de dispositivos.

Sobrevivir a dos pandemias

Juan Carlos recuerda que sólo una vez en su vida sintió la necesidad de poner en aislamiento su propia sexualidad. Este fotógrafo de 67, que trabaja en el Instituto de Astronomía de la UNAM, formó parte de los primeros colectivos mexicanos de lucha LGBTI+ en los años ‘80. Él se nombra como sobreviviente de dos pandemias. “Soy de las personas que vivió de lleno y en pleno, llamémosle florecimiento del VIH y su presencia devastadora en la comunidad. Muchos, muchos amigos míos murieron entonces y yo estoy vivo porque Alá es grande (…) No sé cómo sucedió realmente”.

Juan Carlos.

Con la llegada de la pandemia de Covid-19, se debilitó la respuesta, atención, prevención y tratamientos para el VIH, el cáncer, la diabetes, enfermedades de salud mental y otros padecimientos. De acuerdo a la plataforma Cero Desabasto, durante 2019 y 2020 el VIH fue el cuarto padecimiento con mayor número de reportes por falta de medicación. Además, los confinamientos interrumpieron las pruebas de VIH lo que derivó en pocos diagnósticos y al mismo tiempo una caída en el inicio de tratamientos. De acuerdo a ONUSida, 1 de cada 4 personas que viven con VIH tuvieron problemas para acceder a su tratamiento en 2020.

Conforme avanzaba la pandemia, Juan Carlos se iba enterando de fallecimientos, para él y Jorge —su pareja— fue una creciente alarma. Pronto llegaron las muertes cercanas. Una de ellas, aunque no por Covid, fue la de su madre. “Fue un infarto que sabíamos que venía. Y claro, fue un proceso muy doloroso… los hombres gay creo que tenemos un apego especial con nuestras mamás y es casi siempre el ser más cercano emotivamente. Y ese lazo se establece y se queda, se queda ahí para siempre”. De acuerdo a cifras del INEGI, en 2020 las principales causas de muerte de las personas adultas mayores fueron por enfermedades del corazón, Covid y diabetes.

Frente a tantos padecimientos, Juan Carlos —como Mario y Diana— también se siente afortunado: “Sobreviví el VIH y he sobrevivido a esta pandemia también. Me considero en general una persona muy, muy afortunada. Aprecio mi vida y aprecio el que en esta reflexión de que la vida se va, se va indiscutiblemente no sabes ni cuándo, ni cómo. Solo hay una oportunidad para estar aquí y después no sabemos. Y como gente cercana a la ciencia, creo que no hay nada más después de esto. Y entonces tenemos que estar aquí: vivos, constantes, socializantes, amorosos, trabajadores”.

Aprender a cuidarse ante la ausencia del Estado

En México existen 40 programas gubernamentales cuya población objetivo son las personas mayores; todos ellos están enfocados a cubrir necesidades de salud, económicas y de capacitación y “ninguno de éstos se puede clasificar como de cuidados a largo plazo”, según una investigación de Coneval. Además, ninguno de los programas menciona explícitamente a las personas LGBTI+ o acciones concretas para cubrir sus necesidades específicas.

En la Ciudad de México se encuentran las únicas tres clínicas de todo el país que proveen de manera gratuita tratamiento hormonal a personas trans. Durante el primer año de pandemia, personas usuarias de este servicio reportaron por redes sociales retrasos en el suministro de testosterona y estrógenos, además de seguimiento de citas.

Diana fue una de las afectadas por esto y además vio comprometida su salud mental. “Sí era muy complicado el aspecto de salud. Necesitábamos cuidarnos muchísimo para no enfermar porque era complicado tratar esta pandemia, siendo que a nuestro alrededor veíamos que había gente que empezaba a padecerla”.

De acuerdo a la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS 2017), 5.7 por ciento de las personas adultas mayores encuestadas consideran que carecen de acceso a la salud. Asimismo, las encuestas enfocadas a poblaciones LGBTI tampoco informan cuántas tienen acceso al sistema de salud público en el país, un sistema estrechamente vinculado a los empleos formales, a la institución para la que se trabaja y a los ingresos que reciben.

Una de cada dos personas LGBT en México oculta su orientación sexual e identidad de género en su espacio laboral debido a la discriminación y acoso. La mayoría de las personas LGBT, sobre todo personas trans, son quienes más reportan experiencias de discriminación en los servicios de salud, según la ENDOSIG, 2018. Y por ende también son quienes más evitan acudir a revisión médica.

Y aunque la Encuesta Nacional sobre Discriminación hacia Adultos Mayores no recaba datos por orientación sexual e identidad de género, deja en claro que “un acceso limitado a la educación disminuye la oportunidad de tener un empleo formal y con prestaciones básicas, lo que limita el acceso a servicios de salud y seguridad social, dinámica que ha puesto en desventaja a generaciones anteriores, con efectos visibles en los niveles de bienestar de las personas mayores de hoy en día”.

Estas cadenas de violencias estructurales afectan incluso de manera diferencial a cada población LGBTI+. No es lo mismo un hombre gay con empleo formal y acceso a la salud, que una mujer lesbiana o trans que trabaja en la informalidad sin seguridad social. Juan Carlos, por ejemplo, no vio afectado su trabajo ni su ingreso. Para él, trabajar desde casa lo mantuvo “menos expuesto a enfermar” y cuenta que por esa razón no tuvo que recurrir a atender su salud.

En la Encuesta: impacto diferenciado de la la Covid-19 en la comunidad LGBTI en México, entre quienes respondieron la edad se encontró que hay una prevalencia de mujeres lesbianas y mujeres trans adultas mayores. Tras ese hallazgo proponen reflexionar sobre políticas públicas para que se mejoren las condiciones de envejecimiento. “Estas condiciones de bienestar deben ser con acceso igualitario y libre de discriminación, con perspectiva de género y ciclo de vida”, menciona el informe.

Sobre esto las autoras del artículo El derecho a los cuidados de las personas mayores, una necesidad del sistema de Salud en México, observan que hay una “necesidad imperiosa” de realizar modificaciones en los sistemas de atención de las personas adultas mayores “para solucionar ahora las carencias en el ejercicio de derechos”.

Las autoras proponen: es necesario evidenciar el envejecimiento no como un fenómeno homogéneo, sino que, muy por el contrario, la vejez debe analizarse con detenimiento y con variables que en ella inciden. Por ello proponen que “la perspectiva de cuidados debe entenderse como multifactorial y con una serie de interrelaciones —entre la familia, el Estado y la comunidad—, en donde la carencia o mala atención de alguno puede llevar a una ineficacia de los cuidados”.

Resiliencia, ternura y comunidad

En la colonia Álamos de la Ciudad de México, Samantha Flores, una mujer trans de 89 años abrió Vida Alegre, una casa de día que desde 2018 sirve como espacio de encuentro y que antes y durante la pandemia ha sido también una respuesta comunitaria para personas adultas mayores LGBTI+.

“Es lo que le digo a Samantha: —es increíble que este lugar pueda unir tantos corazones, tantas sensibilidades y podamos juntarnos y además, poder platicar sin que nadie se sienta incómodo o incómoda, ¿no? Ese es el valor que le doy a Vida Alegre, las personas”. Quien habla es Korina, una mujer trans de tez morena, ojos pequeños y pelo lacio al hombro que dice estar “a cinco minutos de cumplir 60”. La mayor parte de su vida se dedicó a laborar en el gremio de los bares y también durante un tiempo ejerció el trabajo sexual.

Alfi y Anzin son amigas y desde que abrió Vida Alegre frecuentan el espacio y participan en las distintas actividades como sesiones de tanatología, yoga o el club de cine. Aquí han encontrado, sobre todo, amistad. “Este lugar me ha dado muchas amigas y eso para mí es lo más importante. Es muy lindo la manera de cómo te tratan, esa amabilidad, es como hacerte un cariñito y todos los cariñitos que la gente te haga, de cualquier manera, son bienvenidos”. Quien responde es Antzin, una mujer de pelo cano y corto, ojos azules y voz relajada. Tiene 74 años, es masajista y viajera —durante treinta años recorrió parte de Asia para aprender meditación y técnicas de masaje—. No le gusta ponerse etiquetas, dice que no se identifica con ninguna letra de la sigla LGBT+. Ella siente atracción hacia las personas sin importar el género.

Samantha Flores, fundadora de Vida alegre.

Para Alfi, una persona no binaria e intersex de 71 años que usa la bicicleta como medio de transporte, Vida Alegre representa un lugar seguro y con compromiso hacia las personas como elle y “el resto del arcoíris”. Dice que aquí “hay más intimidad, más confianza, más convivencia”.

Pero a Vida Alegre no solo acuden personas LGBTI+. Korina cuenta que incluso antes de la pandemia, mujeres cisheterosexuales (es decir, personas que se identifican con su género asignado al nacer y sienten atracción por personas del género contrario) ya frecuentaban el lugar. Y reclama que ellas, como las personas LGBT, “también viven mucho abandono”.

En marzo de 2020, cuando se anunció la pandemia en México, el gobierno tomó medidas de mitigación y acató la directriz de la Organización Mundial de la Salud al declarar a las personas adultas mayores como uno de los grupos de riesgo ante la Covid-19. Vida Alegre cerró y sus integrantes activaron medidas de organización frente al aislamiento, la soledad y el hambre. “La comunidad somos muy apapachadora, somos muy querendones, de afecto. Entonces que de un día para el otro cerraran nuestro lugar, donde nos podíamos reunir para platicar y vernos y además, con un antecedente de una vida difícil, de aislamiento, pues sí fue duro”, dice Korina.

Pese al cierre físico, la acción comunitaria de Vida Alegre permaneció. Abrieron un grupo de WhatsApp para permanecer en contacto y Burritos no bombas, un banco de alimentos autogestionado por y para personas LGBTI+, les brindó despensas (productos básicos para una alimentación nutritiva) durante ocho meses.

“Nos seguíamos contactando por nuestro grupo de WhatsApp. Como sea sabíamos quién se había enfermado, quién no y rezábamos por nuestra familia adoptiva que somos, porque todos nos hemos adoptado. Afortunadamente nadie murió, muchos se infectaron pero la libramos y no hubo pérdidas”. Korina encontró, además del apoyo de su familia elegida, el amor de sus amigas cuando padeció en cama por Covid-19. “La pandemia me dio la oportunidad de reforzar la parte emocional con mis amigas y de saber quiénes están cerca. La cuestión emocional fue un descubrimiento muy grande. Aunque mucha gente dice que la pasó mal yo me siento muy feliz porque a pesar de que estuve a punto de morirme me di cuenta de que tengo gente que me quiere mucho y que yo quiero muchísimo”

La existencia de un grupo de WhastApp permitió mantener en contacto a la mayoría de la familia de Vida Alegre, pero Alfi no pudo tener acceso ya que no cuenta con internet ni un celular inteligente, además, no sabe usarlo. Frente a eso Alfi cuenta que es importante buscar oportunidades. “Si te restringen algo pues exploras, buscas por otro lado y encuentras cosas que te motiven. Me motivan las aperturas por los derechos, el activismo principalmente ambientalista y me gustaría implementar en Vida Alegre un taller de lenguaje incluyente”

Para Antzin, WhatsApp fue la vía por donde pudo estar más en contacto con sus amistades. Con las viejas, las de otros continentes, las de su grupo de meditación y las que hizo cuando salía a caminar a los parques o a La Milla, un circuito para correr o andar en bici dentro del bosque de Chapultepec. “Antzin platica hasta con las piedras”, dice Alfi en alusión a la facilidad que tiene Antzin por conversar con personas que no conoce y volverlas sus conocidas.

Pero también, frente a la soledad, Antzin y Alfi dicen no compartir la idea lacrimógena que se tiene sobre ella. Ambas (Alfi usa pronombres elle y ella) disfrutaron también su tiempo a solas y la transformación que tomó la ciudad ante el confinamiento. “La ciudad no cerró completamente pero yo la sentía más libre. En ese sentido fue ventajoso porque la naturaleza recuperó espacios que no tenía… de repente aves que no se aparecían, aparecían porque no tenían a la humanidad encima, responde Alfi”.

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